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ÚLTIMO DOMINGO DE CUARESMA

 

Por: Padre Francisco Javier García Zavala

Estamos ya en el V y último domingo de Cuaresma ya que el próximo domingo estaremos celebrando el domingo de Ramos.

 

Quisiera que centremos nuestra reflexión en el relato de la resurrección de Lázaro, una pieza maestra de humanidad y de teología de la esperanza. Empecemos por valorar el entorno afectivo de la casa de Betania, hogar de ese grupo familiar constituido por tres hermanos: Marta, María y Lázaro. Allí́ se vive la más cálida comunidad de amigos en el Señor. Jesús encontró́ en esta familia afecto, comprensión, clima de oración, apertura al plan de Dios. En esa casa se refugiaba Jesús después de sus extenuantes correrías apostólicas. Cuán importante es que nuestros sacerdotes encuentren en muchas familias esa comunidad de Betania, donde no se le juzgue, se le acompañe y se le ayude en su vida espiritual y material sin caer en los excesos.

 

Como es perfectamente natural, esta familia fue visitada, primero por la enfermedad, y luego por la muerte. En lugar de marchar apresuradamente para acompañar a su amigo Lázaro que estaba enfermo, el texto nos dice que “cuando se enteró́ de que Lázaro estaba enfermo, se detuvo dos días más en el lugar en que se hallaba”. Esta demora le costó́ un reclamo de las hermanas: “Señor, si hubieras estado aquí́ no habría muerto nuestro hermano”. Lo que humanamente podría considerarse descuido o desinterés, tiene un sentido teológico muy diferente: “Esta enfermedad no acabará en muerte, sino que servirá́ para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”. Una cosa es la lógica humana para interpretar los acontecimientos, y otra realidad diferente es la voluntad salvífica de Dios.

Este relato de la resurrección de Lázaro tiene dos momentos de particular intensidad afectiva: El encuentro con las hermanas y el llanto de Jesús. El corazón de Cristo es profundamente sensible ante el sufrimiento humano en todas sus manifestaciones. Por eso llora la muerte de su amigo. Jesús no reprime sus sentimientos ni los esconde detrás de una máscara de indiferencia. Jesús llora, y lo hace en público. La cultura patriarcal y machista que nos domina, considera que las lágrimas son un signo de debilidad. Por eso afirma dogmáticamente: “Los hombres no pueden llorar”. No nos dejemos condicionar por esta cultura que nos deshumaniza. No tengamos miedo a expresar nuestros sentimientos. No les tengamos miedo a las manifestaciones de afecto y ternura.

 

Esta revelación de Jesús, “Yo soy la resurrección y la vida”, disipa todas las angustias que gravitan alrededor del tema de la muerte. La fe en la resurrección de los muertos y la esperanza en la vida eterna abren nuestra mirada al sentido único de nuestra existencia: Dios ha creado al hombre para la resurrección y para la vida, y esta verdad da la dimensión auténtica y definitiva a la historia de los hombres, a su existencia personal y a su vida social, a la cultura, a la política, a la economía. Privado de la luz de la fe todo el universo acaba encerrado dentro de un sepulcro sin futuro, sin esperanza.

Ya se acerca la Semana Santa, donde contemplaremos los misterios de nuestra redención. Para muchas personas, pensar en la muerte es profundamente incómodo. No le saquemos el cuerpo. Mirémosla a los ojos. Ella no es abismo sino puente a la eternidad.

 

Y recordemos que la puerta del cielo son los pobres.

 

Buona domenica dell Signore. Dio con noi.

 

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